Un libro de familia

libro.jpgEdiciones B ha publicado recientemente “Un libro de familia”, del escritor y guionista Santiago Pajares, un escritor al que no conocía, todo hay que decirlo, pero que me ha revelado una senda literaria refrescante e innovadora, con una historia absorbente de principio a fin y con una prosa sencilla pero envolvente, sin alharacas, todo al servicio de la historia.

La propuesta narrativa en sencilla: Orencio Beotas es un joven que ha superado los 35 años y su vida en su desastre. Lo ha dejado con Elena, la mujer de su vida, lleva meses desempleado y engancha empleos tales como lavar coches o sacar la basura de su vecino, entre otros, todo ello sin dar de alta, por supuesto. Además, conoce a otra chica cuyo pasado hace que no esté en la situación ni el momento ideales como para tener una relación con él. El entorno de Orencio, su padre, su madre, su hermana o su cuñado, lo creen incapaz de acabar nada, dejó la universidad sin terminar Informática y está a punto de perder el pequeño piso que se compró en los años del boom del ladrillo, inasumible para un pusilánime como él. Sin embargo, el nudo gordiano de la trama no son todas estas circunstancias que ya de por sí plantean un conflicto casi insuperable, sino el reto que tiene ante sí mismo y ante su familia, una herencia que consiste en que cada primogénito llamado Orencio Beotas ha acabado un libro, Al otro lado de la pared, y ahora esa tradición, revelada por su padre en el entierro de su abuelo, cae sobre él como un rayo fulminante, en el peor momento posible.

La principal traba de Orencio, un desastre con patas, es la falta de confianza en él mismo, pero a lo largo de la novela el protagonista irá sorteando todo tipo de obstáculos sentimentales y pecuniarios hasta enfrentarse a la pregunta decisiva: ¿será capaz él de escribir la novela que, tiempo atrás, han acabado los primogénitos de la familia Beotas? Para ponérselo más difícil, su tío le da un año para concluir la obra y, si es incapaz de lograr tal objetivo, espera que la tradición pase a su familia, a su primogénito, otro Orencio Beotas.

La novela tiene muchas lecturas, pero yo me quedo con tres: en primer lugar es una radiografía certera de la soledad del escritor ante el hecho literario, la asunción tranquila o desordenada de la vocación, las inseguridades propias de quien cree no estar a la altura y de los precipicios y abismos interiores que se abren bajo los pies de quien ha sido llamado por la literatura, si acaso a compartir siquiera unas migajas del festín de la ficción. Esa lucha contra sí mismo y contra las expectativas que han puesto en él los demás es el primer conflicto al que se enfrentará Beotas. La segunda lectura es el repaso fascinante y detallado que hace el autor, con una escritura muy visual y dinámica, sobre las consecuencias de la crisis económica en chavales de la edad de Orencio Beotas, cómo el boom económico y luego la explosión de la economía española llevaron a tantos y tantos como él al borde de una vida errada, al arcén de la exclusión social, la generación más preparada al borde de la cuneta. Hay una tercera lectura, y es el fresco magnífico sobre las relaciones familiares y amorosas que hace el autor: la relación de Beotas con su padre y su madre o su hermana, sus idas y venidas con Elena y sus coqueteos con Mara, la pasión descontrolada en su vorágine vital.

El autor se mueve entre el humor contenido y la ternura con una escritura sencilla pero muy dinámica y visual. También se muestran otras realidades como la integración migratoria en la figura de Wang, el dueño de una tienda china de barrio que será uno de los aliados más fieles de Orencio; las relaciones amistosas profundas, como la que le ofrece Jaco, un tipo antisistema capaz de buscárselas muy bien fuera de los cauces legales del dinero y el empleo, o la de Pedro, un vecino aquejado de una extraña agorafobia que le impide salir de casa.

Este autor goza de un amplio reconocimiento internacional y, visto lo visto en su “Libro de familia”, este éxito sólo acaba de empezar.

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Asesinos sin rostro

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Asesinos sin rostro

Cualquiera que haya leído a Henning Mankell será consciente de que hablamos de uno de los grandes nombres de la novela negra del finales del siglo XX y principios del siglo XXI. En sus escritos, se conjuga a la perfección la tradición heredada del género negro (los grandes, Chandler, Hammet o Thompson) y una redefinición propia de la novela enigma. A veces, ha exasperado a los críticos con sus sermones y reflexiones sobre la sociedad sueca y el papel que juega la policía en la resolución de crímenes, e, incluso, yo he podido leerle peroratas eternas sobre el camino que sigue la otrora poderosa socialdemocracia del país nórdico. Pese a ello, el detective Kurt Wallander es uno de los mejores policías creados a lo largo de toda la historia, un personaje con contradicciones internas, capaz de resolver los crímenes más inverosímiles pero con una vida personal desordenada, dado a la bebida en algunos puntos de su existencia e incluso con violentos accesos de ira. Pese a ello, su sagacidad está fuera de toda duda.

Hago este preámbulo porque estos días he podido leer Asesinos sin rostro, una de las primeras novelas, si no la primera, que Tusquets editó de Mankell en España. El argumento es el siguiente: una pareja de ancianos granjeros es ejecutada en su granja de Lenarp. El marido muere brutalmente torturado y la mujer, al cabo de unos días, dado que es sometida a la acción asfixiante de una cuerda que rodea su cuello con un nudo muy particular. La última palabra que sale de su boca antes de expirar es “extranjero”. Ello provocará un aumento de la tensión entre la policía y los grupos de extrema derecha, que culpan a los inmigrantes de lo sucedido. Wallander se tendrá que enfrentar a la resolución de este crimen con la presión que ejercen, además, los políticos, preocupados por que la calle no se les eche encima debido a las críticas xenófobas de unos pocos.

La trama está muy bien construida y se sustenta en dos potentes subtramas, la reflexión implícita sobre el racismo en una de las sociedades más avanzadas de Europa, y en la propia vida personal del policía, caótica, que ahora entra en una deriva alcohólica después de que su mujer lo abandone y su hija mantenga una relación distante con él.

Son decenas de miles los seguidores que Mankell tiene en España gracias a novelas tan potentes como Pisando los talones, La falsa pista o Cortafuegos. Esta entrega de las aventuras de Wallander no deja de ser otra apuesta más por una trama criminal bien pergeñada, con una resolución profesional, que no fría, de un escritor que sabe lo que se trae entre manos y conoce a la perfección cómo crear suspense jugando con la cadencia oportuna y efectista de una prosa más atenta a los hechos que a la belleza del lengua, aunque esta en ningún momento se desprecia.

Málaga, voces en la penumbra

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Yo, lo reconozco, no había leído a la sevillana afincada en Granada Clara Peñalver. Con una sólida trayectoria en Penguin Random House gracias a su trilogía de Ada Levy, vuelve con una trepidante novela negra, “Las voces de Carol”, ambientada en la capital de la Costa del Sol. La línea de partida argumental de esta ficción parece sencilla: una escritora de gran éxito que vive en Los Montes de Málaga, Abril Zonderván, es hallada muerta en su cama. La autora estaba diagnosticada de esquizofrenia, aunque llevaba años sin medicarse. Pertenecía al Movimiento de los Escuchadores de Voces, un colectivo que da un tratamiento más natural a este fenómeno, normalizando su vida y prescindiendo de las etiquetas. Todo parece indicar que se trata de un suicidio, pero la inspectora Carol Medina no lo tiene tan claro. A partir de ahí, como he dicho, con mimbres aparentemente poco complejos, la escritora teje una novela negra trepidante, en la que casi no hay respiros para el lector, con varias subtramas que acompañan a la principal y la mejoran, y que desemboca en final efectista y efectivo en el que todo acaba encajando como un juego de muñecas rusas. La ausencia de complejidad es sólo un espejismo.

Carol Medina, la protagonista, es una policía con talento y olfato, obsesiva casi en lo que respecta a su dedicación laboral. Cuando se halla con el cadáver de Zonderván, su vida personal y laboral está lastrada por acontecimientos del pasado y esos claroscuros de su personalidad nos acompañarán a lo largo de las cientos de páginas de la novela. La rueda de personajes variopintos, muy trabajados (el agente de la escritora, su psiquiatra, la agente literaria o los compañeros de Carol Medina) y bien caracterizados, cierran el círculo de un trabajo que tiene en la documentación, tanto en cuanto a los procedimientos forenses como en los análisis oculares y científicos de la escena del crimen, otro de sus fuertes. No en vano, en su presentación en Málaga, Clara Peñalver explicó que había trabajado tanto con los agentes del Grupo de Homicidios de la Policía Nacional como con forenses del Instituto de Medicina Legal (IML).

Cabe hacer mención especial a la capital de la Costa del Sol, una ciudad poco luminosa en los recuerdos de juventud de Peñalver, pero que ahora, tras someterse a una importantísima metamorfosis turística y cultural, vuelve acogedora y radiante para ser escenario de tramas criminales negras como esta que nos ocupa. La ciudad, en sí, es otro personaje más, un personaje que acompaña a Medina y los suyos a través de Los Montes, Pedregalejo, la Comisaría Provincial de la Policía Nacional o la Ciudad de la Justicia.

Definida por algunos autores como “La princesa de la novela negra”, Clara Peñalver confirma con este trabajo, a decir de los críticos, que es ya toda una realidad en la escena de la novela negra española. En su presentación en la capital, ya avanzó que no seguiría con la historia de Carol Medina en un futuro, pero constatando el éxito que está teniendo su propuesta, no sería raro que considerase su propuesta, aunque ya trabaja en nuevos retos.

Vuelve Murakami

MURAKAMI

Hubo una vez en la que adoré a Haruki Murakami. Ahora esa llama arde menos, como he constatado con pena en los últimos meses. No me convencieron sus últimos libros, dejé algunos en el arcén de la autopista de las novelas inacabadas y me he preguntado demasiadas veces por qué no me llega tanto el maestro de la ficción japonesa. Pero en la vida siempre hay reconciliaciones tardías, adioses que luego se convierten en un hola y eso es precisamente lo que me ha ocurrido con La muerte del comendador (Tusquets), la nueva novela del genial artista nipón, la primera de dos, una fórmula que ya usó, en forma de trilogía, con la inolvidable 1Q84 (¿se acuerdan de aquel romance de Aomame y Tengo?). En esta ocasión, el mejor Murakami vuelve, la misma versión que parió Al sur de la frontera, al este del sol, Tokio Blues, Kafka en la orilla o Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. La historia es sencilla: un pintor de retratos comerciales muy cotizado es abandonado por su mujer. Él, tras digerir la decisión, emprende un viaje hacia ninguna parte, comunica a la empresa que hace de intermediaria con sus clientes que no va a trabajar más por encargo y huye, porque en todos los libros de Murakami siempre huye alguien. Un amigo suyo, hijo de un afamado pintor tradicional japonés, consciente de que no pasa una buena situación le ofrece vivir en la casa de su padre, que ahora sufre una progresiva demencia senil. Se trata de un viejo caserón en la montaña, donde el artista (Tomohiko Amada) hizo la mayor parte de su producción artística. Nuestro protagonista recibirá, una vez en la casa, la extraña proposición de retratar a un vecino, quien se ofrece a pagar mucho dinero por ese trabajo. Al mismo tiempo, descubre uno de los cuadros de Amada, una obra que no ha salido al mercado, se trata de La muerte del comendador, que refleja un duelo a muerte entre dos personajes tradicionales del antiguo Japón feudal. Para sobrevivir, da clases de pintura y mantiene sendas relaciones con dos mujeres casadas. Una noche, en medio de su deriva existencial y artística (¿acaso no son la misma cosa?), escucha una campanilla. Alguien la agita desde las profundidades del bosque. Ese extraño sonido le acompañará a partir de entonces cada madrugada, hasta que decida seguir la senda que lleva a la fuente que origina el soniquete. El planteamiento, como siempre, es sencillo, pero lo que en un principio parece una novela realista acaba convirtiéndose, tras un proceso de extrañamiento exhaustivo y detallado pero imparable, en una magnífica ficción fantástica, un realismo mágico nipón en el que a nadie extraña que las ideas tomen formas corpóreas y observen nuestras más íntimas actividades, como el sexo, sin emitir juicio alguno, que sean invitadas a cenar o que revoloteen a nuestro alrededor sin que sólo unos cuantos puedan verlas o hablar con ellas. Como digo, con esta novela vuelve el mejor Murakami, aunque aún nos quede por ver, por ejemplo, cómo resolverá la trama principal y las subtramas que la sostinenen.

Hay dos elementos muy destacables a comentar: en primer lugar, las novelas de Murakami están siempre revestidas de una pátina postmoderna de gran hondura, una capa que hunde sus raíces también en el sincretismo cultural, en ese límite o frontera en la que se unen Oriente y Occidente e, igual que el narrador habla con fruición de obras cumbre de la literatura norteamericana o de la música clásica (en esta ocasión, el Don Giovanni de Mozart), también tiene tiempo en esta última entrega narrativa para ahondar en las raíces culturales de Japón, en su cara religiosa (budista, sintoísta) y en su pintura tradicional, realidades desconocidas aquí. Es decir, une lo mejor de los dos mundos para servirlo en una ficción inolvidable (se le ha criticado que es un autor nacido en Japón, pero no japonés por sus continuas alusiones o referentes occidentales); también es muy destacable la calidad y el swing de su prosa, una marea de palabras y frases que absorbe poderosamente la atención de los lectores, algo muy complicado de lograr pero que él, camino de los setenta, ya ha convertido en un sello de calidad marca de la casa.

La novela es un canto a la soledad, porque solos están el protagonista y su vecino, quien le pedirá que lo retrato a cambio de una gran suma de dinero, así como también están solos aquellos con los que interactúan, se trata de personajes al borde del abismo personal o social que siguen tratando de relacionarse con otros antes de ser irremisiblemente arrastrados por el remolino de la cotidianidad; todos buscan ser y sentirse especiales, pero solo unos pocos lo consiguen. El naufragio personal del pintor protagonista no deja de ser también un extravío artístico, y la búsqueda del sendero le llevará toda la novela, siempre preguntas, siempre caminos sin final en los que no hay posibilidad de retorno. Está muy presente también la melomanía del escritor, se habla con soltura de música clásica o de jazz (no en vano, él fue propietario de un club de jazz antes de empezar a escribir Escucha la canción del viento, su primera novela).

Mi juicio no es licencioso, aunque creo que sí está preso de un amor perdido por sus obras, es el juicio de quien dijo adiós al gran Murakami hace mucho, del que valora por encima de sus novelas, sus cuentos (Hombres sin mujeres es un monumento literario colosal, al igual que Sauce ciego, mujer dormida o Después del terremoto). Ahora, la lectura de La muerte del comendador ha avivado algo ese fuego ya perdida en la noche de mi existencia, aunque aún deberá soplar mucho el viento para que la llama goce de toda la salud que tuvo un día.

Ana María Shua y el microrrelato

El microrrelato, la nanoficción, el minicuento… tantas son sus definiciones y la atención que le dedica la crítica literaria que se ha convertido en un nuevo género literario separado del relato corto, como explica Ana María Shua, la genial microrrelatista, en “Cómo escribir un microrrelato” (Alba Editorial, 2017), un sensacional compendio de experiencia, pericia literaria y empatía con los escritores primerizos que merece la pena ser leído con detenimiento, tanto por quienes empiezan como por quienes pretenden dar clases de escritura creativa.

No sólo es un magnífico ensayo sobre el género, que rastrea tanto a sus grandes precursores (incluido grandes como Kakfa o Rubén Darío con algunas piezas de Azul) como a quienes hasta 1960 sentaron las bases del posterior y espectacular desarrollo de la nanoficción (Borges, Cortázar, Guillermo Samperio, etcétera…); también propone un nutrido cuerpo de ejercicios prácticos para quienes empiezan, sazonadas con hondas reflexiones de una escritora que ha triunfado también escribiendo novelas. Hace un repaso por el género en Latinoamérica, más dado al regate corto, la finca humorística o irónica y su teoría del golpe de efecto o del “clic” que se produce en los lectores cuando, pasados unos segundos y saboreado el microrrelato, todo se comprende, nos sorprende o nos asombra. También hay un detallado análisis del microrrelato español, su historia y su eclosión, así como un intento serio de definir de qué estamos hablando: un microrrelato, viene a decir Shua, limita con los aforismos, la prosa poética, los relatos cortos y las reflexiones, sentencias, gracietas y refranes más o menos acertados. Pero, eso sí, un microcuento ha de tener narratividad o, trayendo el ascua a mi sardina, conflicto.

Me ha encantado este libro, que además me ha descubierto a Shua, una gran microrrelatista, tan irónica como profunda, que sabe exponer magníficamente en un ensayo literario imprescindible todo el corpus teórico y su desarrollo práctico de un campo que, sin duda, domina a la perfección.

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Samperio y el arte del microrrelato

Hay quien piensa que es imposible aprender a escribir ficción, dado que el talento natural del escritor provendría de un espíritu oculto, un demiurgo filosófico que susurra obras a los artistas. Eso pensaba yo, pero, como en casi todo, uno puede cambiar de opinión y a lo largo de los años me he hecho con una buena colección de amigos que da clase de literatura creativa en diferentes centros públicos y privados, la mayor parte de las veces por amor al arte, nunca mejor dicho. “Yo sostengo que cualquiera, si ama la literatura y tiene ganas de aprender, es capaz de escribir ficción”, me dijo recientemente una profesora experta que, además, es una gran poeta.

Y sí, se puede aprender. Uno de esos libros indispensable para quienes empiezan es, sin duda, “Cómo se escribe un cuento. 500 tips para cuentistas del siglo XXI”, de Guillermo Samperio, un manual que me recomendó mi querido amigo Antonio Luis Ginés y que he devorado con fruición en las últimas semanas. Espero que le saquéis tanto partido como yo, porque el autor recopila piezas cortas propias y ajenas que ayudarán a reflexionar sobre el oficio de escribir a quienes aman la literatura.sssssssssssssssssssss

Muro de las lamentaciones

Imagínese que una lluviosa tarde de domingo usted se acerca a su mueble bar y escoge el mejor brandy imaginable, ese que guarda para las ocasiones en las que quiere reconciliarse coMUROn la vida. Ahora imagine que se sienta a degustarlo tranquilamente, viendo caer la tormenta, comparando el caótico mundo que se agita tras la ventana con el confortable reducto en el que sabe que todo tiene sentido, ese refugio contra otros y por uno mismo, el lugar donde podemos ser, si es que alguna vez dejamos de significar. Esa es la sensación que he tenido yo leyendo Muro de las lamentaciones (Baile del Sol, colección Sitio de Fuego), la última propuesta narrativa del escritor, profesor y crítico murciano Rubén Castillo Gallego, una colección de relatos cortos a la altura de un gran talento cervantino, una recopilación escrita de principio a fin respetando los cánones del género de Poe, Cortázar o Borges; un libro que puede hacer que uno entre en frenesí lector sin que le importe lo que ocurre alrededor, una obra que seduce al instante con un lenguaje certero en el regate corto, dado a la contención expresiva pero sin eludir la filigrana cuando es necesaria en la historia; pequeños trozos de vida en los que late la existencia cotidiana, en los que un lector avezado puede palpar también las profundidades del alma humana, los grandes temas que siempre han preocupado al hombre. Ahora que el cuento español anda metido en una redefinición estética y narrativa sin precedentes, Rubén Castillo Gallego propone una obra anclada firmemente en los postulados de siempre, aquellos que han seducido a millones de lectores en todo el mundo, siendo el primero y más importante de estos el contar historias de una forma eficaz con el objetivo de conmover, sorprender, enfadar o remover al lector. En estas historias hay hueco para el lenguaje cinco estrellas gran lujo, empleando una terminología hotelera: «En los balcones y ventanas del edificio de enfrente se ven muchas camisas balanceadas por el aire, como fantasmas pobres castigados a la intemperie». Este párrafo forma parte del cuento Blas, una enorme construcción memorística levantada desde los remordimientos del presente y la revisión de un pasado inquietante, incómodo. «Me acuerdo con escalofrío de mis risas infantiles», piensa el protagonista. Un libro capaz de conmover con el primer relato, Alucinaciones, en el que el autor reflexiona sobre la fantasía infantil y la enfermedad mental; hay ejercicios metaliterarios de gran altura (¡sí, se puede innovar sin desfigurar los códigos del cuento!) como el que vemos en Dos cuentos para que usted los escriba; un sorprendente e imaginativo divertimento cervantino en El último caballero andante; una evocación magnífica del exilio interior en Guillermina, reflexiones al estilo de Ítalo Calvino con el magnífico relato Si me mirase; un apasionante drama rural construido a base del rencor de generaciones en Estirpes o el monumental La soledad del pájaro dodo. No se lo pierdan.

Seres de un día

Cubierta SERES DE UN DÍA

La poesía es el resultado de la fricción que se produce entre lo onírico y la realidad, o tal vez nace de la agitación interna que suscita en el individuo la contemplación de un paisaje cercano; hay quien la encuentra en una nube preñada de lluvia a punto de descargar o en sí mismo, incardinada en el centro de su pecho, pugnando por callar pese a que el creador la pretende libre. La búsqueda de la experiencia poética, el acercamiento intelectual a este fenómeno desde los presupuestos que maneja un vate, la artesanía de la creación, el cómo pero sobre todo el porqué son reflexiones que Antonio Luis Ginés (Iznájar, 1967) realiza en su nuevo libro, Seres de un día, editado por La Isla de Siltolá en la colección Levante.
El creador cordobés es autor de ocho libros: seis de poesía y dos de relatos, entre los que destaca Teoría de lo imperfecto, una rompedora colección de microrrelatos también editada por La Isla de Siltolá con la que fue finalista del Premio Andalucía de la Crítica. Otros libros destacados son: Animales perdidos, Picados suaves sobre el agua y Aprendiz. Esta es su primera incursión en este género híbrido entre la narrativa y la poesía, aunque lo que destaca en este trabajo, presentado el pasado 15 de septiembre en la librería La República de las Letras, de Córdoba, es el fondo reflexivo del poeta que busca explicarse a sí mismo conociendo a fondo, de paso, la realidad del verso y su eterna transformación: en esa búsqueda que nunca cesa Antonio Luis Ginés siempre sale victorioso, porque es su mismidad, en esencia, la que dibuja los textos, pensados para envolver al lector en el soliloquio del artista que se pregunta sobre las fricciones de lo que creemos conocer pero, en el fondo, no llegamos a comprender; ese lugar en el que nacen los poemas, ese sitio que sólo unos pocos son capaces acaso de atisbar con el único candil de su talento por compañía, las tripas de la creación. Es, a la par, un libro eficaz, porque el ensayo poético de Ginés no muestra certezas, sino dudas y la duda es esencial para deambular por el camino del poema; también lo es porque el artista cordobés se radiografía el alma con el énfasis de un cirujano de palabras que disecciona tiempo, espacio, paisaje, vida y alma con la profunda rotundidad de lo melancólico. A veces el yo, otras el nosotros, pero siempre el tiempo y la sustancia, la existencia y el mirar, contemplar como forma de vivir.
Dice José Manuel Martín Portales de Seres de un día: «El tiempo problematiza todo concepto que pretenda atrincherarse en su racionalidad, pero sólo desde alguna forma de existencia se hace perceptible la temporalidad». Esa tensión, añade, no tiene salida, es un círculo vicioso para el pensamiento y esas son las coordenadas que sostienen «la reflexión implícita de los textos que conforman este libro».
Antonio Luis Ginés deja, por tanto, sobre el tapete literario una de sus propuestas más íntimas y personales, un trabajo duro y difícil que florece en pleno otoño andaluz, tal vez la oscura paradoja que acaba alumbrando el mañana poético.

It

ir_peliculaLa verdad es que he llegado tarde a Stephen King. Hace pocos días, leí de un tirón La larga marcha, una sobrecogedora novela del autor norteamericano en la que se narra una caminata anual en la que participan cien jóvenes de los que sólo uno puede sobrevivir. Quien cae es eliminado por el Ejército. Se trata, sin duda, de una obra mayor dentro del trabajo de un autor como King, muy criticado durante años tras ser reducido a un mero creador de bestseller y, por tanto, denostado por esa élite casposa de lectores y escritores que se consideran prescriptores de lo que debe o no consumirse.

Durante años, me resistí a sus novelas (como me ha pasado con otros autores del corte), pero cuando he llegado a ellas no sólo constaté que paso un buen rato (o malo, según se mire), sino que he descubierto a un narrador con una imaginación monumental que, como decía hace poco Juan Soto Ivars en su columna de Jot Down, retrata con milimétrica perfección el entorno que lo rodea, esa América profunda de ciudades medias en las que se agitan variados arquetipos del estadounidense estándar que, un buen día, han de enfrentarse a lo sobrenatural y, por qué no, a ellos mismos, tal vez la lucha más importante de todas. Tengo un amigo que ha leído mucho a King. Él opina que la Gran Novela Americana, esa que aún no se ha escrito a decir de los críticos y que otros identifican con los cuentos de Carver o directamente con El Gran Gatsby, se halla encerrada en algunas de las memorables páginas de este escritor.

Así, estos días he llegado a It. Es una novela monumental, no sólo porque la narración fluye como un río desde el principio hasta el final, sino también por el amplio abanico de personajes que la pueblan, cómo se mueven al filo de sí mismos y de la leve frontera que separa la vida de la muerte, la forma en la que se acerca, como si tuviera una cámara al hombro, a la compleja red de relaciones humanas tejidas a lo largo de las vidas, no siempre fáciles, de sus protagonistas, el retrato de los perdedores, de los pobres diablos que trabajan cada día equivocándose, cayendo en el alcoholismo, la hipocondría, los malos tratos a hijos o parejas, las enfermedades mentales o la desidia exitencial que provoca el paro, la estructura, bien trabajada y repleta de analepsis y prolepsis (saltos atrás y adelante), etcétera… A todo esto, claro está, se suma payaso Pennywise, la encarnación del mal que hará que todo un grupo de chicos se conjure, ya adultos, para volver a hacer frente a la bestia. ¿No es acaso esta narración una poderosa metáfora de la vida misma? ¿Quién no ha recibido una llamada en su vida adulta que le impele a volver atrás y enfrentarse a un problema no resuelto y, cómo no, a aquel que fue? Estas son las grandes virtudes de It, además de la atmósfera terrorífica en la que imbuye al lector desde sus inicios.

Soto Ivars decía que algunas de sus grandes creaciones no lo son tanto (hablaba de El resplandor, superada, según él, por su versión cinematográfica). Yo no he leído más obras del novelista, pero están en mi agenda. Hoy, por cierto, los críticos empiezan a considerar a King un creador de la talla de Allan Poe. No sé si eso será así, pero me pregunto por qué nos seguimos dejando llevar por los críticos, para lo bueno y para lo malo.

Otra vez Trueba

David Trueba es un viejo conocido para los amantes de la buena literatura y un tipo con un talento inmenso. Es un narrador imaginativo, que sabe hilvanar grandes historias con una soltura sorprendente, embriagadora casi; uno de esos escritores que parecen haberte gustado toda la vida pese a que los hayas descubierto hace poco. Tengo que confesarlo: devoré Tierra de campos en apenas tres días. Es su última novela. Pero lo mismo me ocurrió con Cuatro amigos, Saber perder o Blitz. De hecho, la primera de estas obras es una de mis preferidas, de esas que quedan en tu vida y siempre vuelves a ella, una y otra vez, cuando sientes que estás perdiendo tus raíces y las grandes farras con tus amigos, cuando éramos jóvenes e indocumentados, que diría Sabina, se alejan de tus pensamientos como un amor imposible. En Saber perder la soltura narrativa adquiere rango de ley y en Blitz el talento se desborda, cae a chorros sobre la mesa del comedor y te empapa hasta los huesos. Lo mismo puede decirse de sus guiones, o eso me han dicho, porque no le sigo la pista cinematográfica. Pero elegir a Trueba es saber que no vas a perder.

En Tierra de campos, dedicado, por cierto, a su hermano Fernando después de ser objeto de una lamentable campaña ciudadana de acoso y derribo (como en Tordesillas pero el toro era Fernando); en Tierra de campos, decía, Trueba cuenta la historia de Dani Mosca, un cantante heredero de la Movida madrileña, aquella revolución más estética que cultural que golpeó a un país que se abría a la democracia a lomos de la heroína, un tipo que tendrá que hacer un viaje muy especial: un año después de la muerte de su padre, decide llevar su cuerpo al pueblo. En ese traslado, que hará junto a un simpático empleado de funeraria, Trueba repasa la vida de Mosca, que tal vez tenga mucho que ver con la suya propia: sus exnovias, su exesposa, las relaciones con su padre y sus hijos, los excesos con las drogas y el alcohol de uno de sus mejores amigos de la infancia en el grupo que han fundado, la relación con los amigos de la infancia, el olvido, la asunción del éxito prematuro y la reflexión sobre cómo mantenerse en la cresta de la ola, el futuro, la soledad, el arte, etcétera…

La poderosa y fluidísima prosa de Trueba es tal que pocas veces se lee un libro así, con una facilidad pasmosa, aunque, para ser honestos, el cineasta vuelve a lugares seguros: un viaje iniciático, una crisis de madurez y, por qué no, creativa; la relación de un hombre con las parejas que ha tenido (cuántos libros han salido de ahí) y, sobre todo, un estilo ágil y evocador que acaba envolviendo al lector hasta que lo seduce sin ambages. Un magnífico libro que les animo a no perderse.trueba