La faz de España según Brenan

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El hispanista inglés Gerald Brenan, que tantos años vivió primero en Las Alpujarras granadinas, luego en Churriana y en la última etapa de su vida, en Alhaurín el Grande, he leído bastantes trabajos y siempre, cuando alguien me dice que no conoce su obra, respondo que su gran mérito es haber puesto las bases para que otros muchos hispanistas (los Preston o Thomas) siguieran su camino que, en el fondo, es el nuestro. De hecho, nos han ayudado a conocernos más a nosotros mismos, la raza española (parafraseando una de sus expresiones favoritos). Pero sus libros, auténticos tratados etnográficos, históricos o sociopolíticos, reúnen muchos méritos, más allá de su posterior influencia: están bien escritos, reflejan muy bien el alma del tiempo en el que fueron elaborados y, además, tienen una profundidad de análisis muy notable, propia, podría decirse, de las grandes mentes del siglo XX.

No desvelaré nada si digo que ‘El laberinto español’ es, tal vez, uno de los mejores libros sobre nuestra Guerra Civil; o que ‘Al sur de Granada’ es una delicia que refleja con precisión y humanidad los años previos a la contienda; o que sus memorias son una maravillosa historia de la literatura inglesa, a la par que un tratado etnográfico sobre los españoles y su eterna lucha de clases, a un lado los parias que querían prosperar y al otro, los de siempre, los que se oponían a ese progreso material que consistía simplemente en reclamar tres comidas al día y algo de libertad.

Estos días he leído ‘La faz de España’, un breve librito etnográfico en el que Brenan relata su viaje por tierras españolas a finales de los cuarenta. No hay nada como leer un libro de una época determinada para deshacer muchos de los prejuicios que se conforman en la mente del lector. Si algo deja claro el libro, trufado de reflexiones literarias, artísticas, periodísticas o políticas, es el aura de aquel tiempo duro y ruin en el que los estraperlistas, arracimados en torno a las faldas de la Falange y el poder, hacían su agosto mientras el pueblo llano se moría de hambre y se ahogaba en su propia suciedad (especialmente impactantes son las descripciones que hace las mujeres de la época). Cuando no se come, lo primero que uno deja de hacer es lavarse, parece decir Brenan. Y si a eso le unes una falta de libertad asfixiante, una dura represión volcada sobre la clase obrera (a la que yo, por otro lado, pertenezco) y el papel preponderante de una Iglesia, por entonces, más preocupada por recibir dádivas que por volcarse en el pueblo, la radiografía es de encefalograma plano. Ese era nuestro país y, como digo, impacta leer cómo fuimos, aunque de las páginas del libro se desprenden la nobleza de aquellos seres humildes, sus anhelos de libertad y las ansias de vivir en primavera pese al frío invierno que nos atenazaba en los años de hierro del general.

Algunas de sus observaciones están transidas de humanidad y otras, de la típica superioridad inglesa de la época, y natural, por otra parte, tratándose de un tipo que venía de un país en el que había suficiente libertad y una mentalidad forjada por las revoluciones industriales y los filósofos racionalistas.

Pero si algo destaco del libro es el capítulo dedicado a Granada, en el que Brenan se convierte en el primero, o al menos en uno de los primeros, que buscaron la tumba de su amigo Federico García Lorca, primero en el infame cementerio de la capital nazarí y luego en los barrancos de Víznar, donde probablemente descansen los restos del poeta. La noche que lo leí dormí a duras penas.

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Pedro Ugarte, un valor seguro

Del escritor y periodista bilbaíno Pedro Ugarte sólo leí, con mucho gusto, Nuestra historia, la colección de relatos con la que se alzó con el Premio Setenil en 2017. Aquella recopilación de cuentos me ganó para siempre; pero tras leer Perros en el camino (Algaida, 2015), una preciosa novela, he constatado el gran talento de un tipo que sabe escribir en diferentes registros y tiene una capacidad poderosísima para narrar lo que le venga en gana.

Perros en el camino es una preciosa historia de amor adolescente que perdura con el paso de los años, una de esas historias inconclusas que sobreviven a la madurez y estallan en la edad madura, dejando a sus protagonistas sin saber muy bien dónde se hallan, con la sensación de que se han perdido algo de su propia existencia, como cuando sabes a qué punto has de ir en un viaje pero te entretienes paseando por el arcén.

Es la historia de un triángulo juvenil formado por Jorge, estudiante de Derecho y aspirante a escritor pese a tener un limitado talento, al menos en apariencia; Ariana, su amiga, una bella muchacha de la que Jorge está secretamente enamorado y Sergio Ayala, un joven delgaducho y ensimismado que sí encierra el germen de un gran escritor en su interior y que tras publicar un libro de cuentos y una prometedora novela que llamarán la atención de críticos y grandes editoriales, probar las mieles del éxito y emparejarse con Ariana, acabará falleciendo cuando se dirige a presentar el poemario de un profesional de la inmobiliaria metido a artista, una noche de viento y lluvia en Vitoria.

Es más, podría decirse que es la historia de un grupo de amigos, ese edénico vínculo colectivo que formamos muchos en la universidad y que, para bien o para mal, acabará marcando nuestra vida: del mismo forman parte Gonzalo Carriego, un estudiante rechoncho y esnob con una mente prodigiosa; Amaya, una poeta que se revelará con el tiempo como magnífica y que, en esos años iniciáticos, conocerá al amor de su vida, un chico aquejado de una extraña enfermedad de la piel al que nadie se acerca, salvo ella, capaz de vencer las miradas de desprecio y las críticas.

Todos ellos se agitan felices y soñadores en los últimos años de sus estudios de Derecho, con el vínculo común de la literatura. Sin embargo, cuando aparece Sergio Ayala en escena, la situación de empate técnico se va a desequilibrar, dejando la puerta abierta a la conquista de la bella Ariana y después, a la tragedia. Años después de la muerte de su amigo, Jorge acude a un psiquiatra porque sueña, de forma continua, con perros que bordean su camino. La punzada de la culpa aprieta sus sienes, le impide avanzar, y acude al profesional de la salud con el fin de que le ayude a pasar página, si es que hay algo que olvidar o superar.

La culpa, la asunción del mundo adulto, la constatación del fracaso del propio talento, las segundas oportunidades, el entierro descarnado de losPERROS sueños de juventud, el dejarse llevar por los días, la persecución de nuestro sino, las mentiras que muchas veces anidan en el centro neurálgico de las relaciones interpersonales, la posibilidad de que no saber sea mejor que conocer la verdad, el valor de la amistad, los primeros pasos de los escritores, la asunción tranquila del talento y la virulenta irrupción del éxito… todos estos temas hieren, de forma transversal, esta magnífica novela escrita con un pulso narrativo sencillamente magistral con un lenguaje cálido y evocador capaz de hacernos llegar toda la emoción de unas vidas siempre a punto de irse a pique, tal vez como las nuestras, acariciando muy de cerca la belleza de la prosa poética. Una lectura turbadora que recomiendo a todos.

La muerte del comendador, libro segundo

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Ya hablamos del primero de los libros que componen esta serie y que fue publicado por Tusquets en noviembre pasado. La sinopsis era sencilla: un pintor de retratos comerciales es abandonado por su mujer y, al mismo tiempo, emprende un viaje hacia ninguna parte, mientras que un amigo suyo, hijo a su vez del afamado pintor tradicional nipón Tomohiko Amada, le ofrece vivir en la casa de la montaña en la que su padre dio forma a la mayor parte de la obra. Allí, un extraño vecino le ofrece mucho dinero por hacer su retrato, aunque el protagonista ha decidido no seguir creando, al menos por un tiempo. Además, descubrirá un cuadro desconocido de Amada, La muerte del Comendador, un duelo a muerte entre dos personajes del Japón feudal. Desde entonces, cada madrugada escuchará una campanilla que se agita desde las profundidades del bosque. Un día decide perseguirla y, junto a un templete, hay un extraño agujero en la tierra que su vecino y el protagonista abrirán para destapar la puerta de entrada a otra realidad.

En esta segunda novela, la historia se torna apasionante y el ritmo, en ocasiones, es frenético. Ahora, nuestro retratista tratará de acabar el retrato de una enigmática niña que vive, junto a su tía y su hosco padre, en una casa cercana; al parecer, su vecino piensa que podría tratarse de la hija que tuvo con una antigua novia y sobre ese triángulo se levantará la narración. La campanilla que escuchaba de madrugada ha desaparecido, el pintor Tomohiko Amada languidece en una residencia de lujo sin recordar, aparentemente, quién fue; el comendador y otros personajes del cuadro se hacen presentes en la vida del retratista, la primera en forma de idea y la segunda como metáfora. Además, el protagonista comprende, a través del hijo de Amada, que su exmujer está embarazada y ha iniciado una relación con otro hombre. A todo esto, la niña retratada va a desaparecer. Sólo nuestro protagonista sabe dónde puede encontrarse, en esa otra realidad tan nutritiva que encierran las novelas de Murakami, esa que empieza en las fronteras de lo verosímil pero que encierra otra existencia en las que el tiempo y los cánones de racionalidad humana no sirven para explicar su discurrir. Hasta allí bajará nuestro protagonista, acosado por fantasmas del pasado, para buscar a la pequeña.

Otra vez, Murakami vuelve a explorar los límites entre lo tangible y lo intangible como ya hizo en la magistral 1Q84 o en Kafka en la orilla, al igual que también ha realizado este ejercicio en sus inolvidables libros de cuentos, Sauce ciego, mujer dormida, Hombres sin mujeres, Un elefante desaparece o Después del Terremoto.

Asimismo, vuelve a una de sus obsesiones, la melomanía, que hiere todo el libro con reflexiones y frases acerca de la música clásica (es evidente la conexión de la obra y su trama con el Don Giovanni de Mozart), o de los clásicos pop y rock de los setenta y los ochenta. Cada libro de Murakami tiene su propia banda sonora, todo ello en consonancia con su personalísimo mundo.

Como punto fuerte: la atmósfera de la otra realidad es verosímil, sus personajes están trabajados y responden a sus propias reglas y forma de funcionar; tal vez vez, como punto más débil, deba hacerse referencia a la excesiva descripción de ese mundo de lo sensible y a la ralentización que se vislumbra en la trama una vez que los personajes descienden al mismo. Cuando hablo de punto débil, me refiero a que lo será para aquellos que no hayan leído ninguna obra del nipón, porque para los convencidos, como ocurre en mi caso, a esta novela no le falta nada.

La memoria perdida de batallas pasadas

Henning Mankell es un genio de la novela negra. Esa frase, por sí sola, es ya todo un axioma. La serie que protagoniza el detective Kurt Wallander está ahí para confirmarlo, pero el escritor sueco es mucho más que un creador con cierto ingenio para las tramas noire, sino que es, además, un fiel notario de su tiempo que introduce en sus creaciones toda una crítica a diferentes aspectos de la sociedad de su país que son, en todo o en gran parte, equiparables a otras sociedades occidentales como, por ejemplo, la nuestra.

El retorno del profesor de baile, editada en Tusquets en 2005, otro prodigio novelístico dentro del género negro. Herbert Molin es un expolicía jubilado que vive aislado de todos. Una mañana, su cadáver es hallado en el interior de su casa. Ha sido asesinado a latigazos. Alrededor de su cuerpo, una serie de pasos ensangrentados indican que alguien ha bailado un tango mortal con la víctima. La vida de Molin encierra muchos secretos. A su vez, Stefan Lindman es un policía de 38 años que espera recibir un tratamiento contra el cáncer que padece en apenas tres semanas. Excompañero de Molin, su crisis vital lo llevará a viajar al escenario del crimen y tratar de resolver el asesinato de Molin. Por cierto, hay incluso una película de producción sueca sobre basada en este libro.

Se trata de una trama aparentemente sencilla, pero nada más lejos de la realidad, porque cada pista que resuelve o logra interpretar Lindman dejará una cosa clara: que conocía muy poco a su excompañero y que las viejas ideas nazis que asolaron Europa desde finales de los años treinta a principios de los cuarenta del siglo XX siguen vivas.

Fíjense el auge que estamos experimentando en España de los movimientos de extrema derecha, algunos de ellos ya incluso presentes en un parlamento autonómico, una réplica de lo que está ocurriendo en toda Europa: Polonia, Hungría, Austria o Alemania. En la novela, queda claro que Herbert Molin es un entusiasta seguidor sueco de Hitler que hizo incluso la guerra en las filas de las SS. A raíz de conocer ese dato, Lindman destejerá toda una madeja de intereses ocultos, organizaciones de ideas nacionalsocialistas que tratan de seguir imponiendo su forma de ver la sociedad con la inmigración y la exaltación de los valores nacionales como puntas de lanza y también se reflexiona sobre la impunidad con la que muchos de estos criminales volvieron a sus respectivas vidas normales, sin ser castigados nunca, y los problemas a los que estos tuvieron que hacer frente para conservar el anonimato, una tarea en la que recibieron una importante ayuda.

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El regreso del gran Juan Bonilla

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La Fundación José Manuel Lara acaba de publicar La novela del buscador de libros, del gran cuentista, periodista, poeta y novelista jerezano Juan Bonilla, uno de los referentes literarios indudables de la España literaria de finales del siglo XX y principios del XXI.

El libro es un ensayo apasionante sobre la bibliomanía, que no bibliofilia o coleccionismo. El primero busca de forma incansable libros sólo por el placer de tenerlos y leerlos, habitualmente estos pasan a formar parte de su biblioteca, se agolpan en sillas, mesas o estanterías de una forma desordenada aunque el orden, de cualquier forma, está en la cabeza del bibliómano. El segundo une a esta cualidad la búsqueda de primeras ediciones o libros prácticamente inencontrables. El coleccionista simplemente busca completar colecciones. De hecho, su autor ha dicho que, cuando estaba a punto de completar una colección, lo dejaba, ironizando así sobre la propia materia de su ensayo.

Juan Bonilla es un bibliómano y esa experiencia es la que cuenta en este libro. En una reciente visita a Málaga, el escritor, exeditor y periodista contó que un amigo no le puede decir que está buscando un libro, porque él se lo toma como reto personal y acaba encontrándolo, por muy antiguo o difícil que sea la tarea, ya sea a través de la red o en diferentes librerías de Sevilla, la ciudad donde vive, o del mundo. Él, de hecho, dice que tiene entre 8.000 y 20.000 libros.

En el libro, por ejemplo, cuenta cómo localizó un libro en Coimbra, que buscaba uno de sus amigos, a través de un conocido que vivía en Lisboa; o cómo cambió una primera edición del Romancero Gitano de Lorca a cambio de un ejemplar antiguo de Camino, el libro de Escrivá de Balaguer, fundador del Opus.

Pero en este libro hay mucho más, porque en sus páginas se dejan ver las filias de este escritor, sus referentes, sus intentos por conseguir la inmensa obra, desperdigada por editoriales de provincias, del gran poeta Julio Mariscal, su querencia primera por bukowski, a quien considera uno de los mejores autores para ser leídos en la juventud lectora, pero ya superado, y sus relaciones con otros escritores y amigos.

También queda patente el amor por las librerías de segunda mano que siente el autor y no sólo retrata las sevillanas, las que más conoce, sino también los mercadillos de libros más peligrosos de Centro América, librerías que andando el tiempo, y aun conservando su función, se convirtieron en puticlubes, o una que es a la vez una peluquería y una librería. Si amas los libros, sin duda, esta propuesta narrativa es para ti.

Un libro de familia

libro.jpgEdiciones B ha publicado recientemente “Un libro de familia”, del escritor y guionista Santiago Pajares, un escritor al que no conocía, todo hay que decirlo, pero que me ha revelado una senda literaria refrescante e innovadora, con una historia absorbente de principio a fin y con una prosa sencilla pero envolvente, sin alharacas, todo al servicio de la historia.

La propuesta narrativa en sencilla: Orencio Beotas es un joven que ha superado los 35 años y su vida en su desastre. Lo ha dejado con Elena, la mujer de su vida, lleva meses desempleado y engancha empleos tales como lavar coches o sacar la basura de su vecino, entre otros, todo ello sin dar de alta, por supuesto. Además, conoce a otra chica cuyo pasado hace que no esté en la situación ni el momento ideales como para tener una relación con él. El entorno de Orencio, su padre, su madre, su hermana o su cuñado, lo creen incapaz de acabar nada, dejó la universidad sin terminar Informática y está a punto de perder el pequeño piso que se compró en los años del boom del ladrillo, inasumible para un pusilánime como él. Sin embargo, el nudo gordiano de la trama no son todas estas circunstancias que ya de por sí plantean un conflicto casi insuperable, sino el reto que tiene ante sí mismo y ante su familia, una herencia que consiste en que cada primogénito llamado Orencio Beotas ha acabado un libro, Al otro lado de la pared, y ahora esa tradición, revelada por su padre en el entierro de su abuelo, cae sobre él como un rayo fulminante, en el peor momento posible.

La principal traba de Orencio, un desastre con patas, es la falta de confianza en él mismo, pero a lo largo de la novela el protagonista irá sorteando todo tipo de obstáculos sentimentales y pecuniarios hasta enfrentarse a la pregunta decisiva: ¿será capaz él de escribir la novela que, tiempo atrás, han acabado los primogénitos de la familia Beotas? Para ponérselo más difícil, su tío le da un año para concluir la obra y, si es incapaz de lograr tal objetivo, espera que la tradición pase a su familia, a su primogénito, otro Orencio Beotas.

La novela tiene muchas lecturas, pero yo me quedo con tres: en primer lugar es una radiografía certera de la soledad del escritor ante el hecho literario, la asunción tranquila o desordenada de la vocación, las inseguridades propias de quien cree no estar a la altura y de los precipicios y abismos interiores que se abren bajo los pies de quien ha sido llamado por la literatura, si acaso a compartir siquiera unas migajas del festín de la ficción. Esa lucha contra sí mismo y contra las expectativas que han puesto en él los demás es el primer conflicto al que se enfrentará Beotas. La segunda lectura es el repaso fascinante y detallado que hace el autor, con una escritura muy visual y dinámica, sobre las consecuencias de la crisis económica en chavales de la edad de Orencio Beotas, cómo el boom económico y luego la explosión de la economía española llevaron a tantos y tantos como él al borde de una vida errada, al arcén de la exclusión social, la generación más preparada al borde de la cuneta. Hay una tercera lectura, y es el fresco magnífico sobre las relaciones familiares y amorosas que hace el autor: la relación de Beotas con su padre y su madre o su hermana, sus idas y venidas con Elena y sus coqueteos con Mara, la pasión descontrolada en su vorágine vital.

El autor se mueve entre el humor contenido y la ternura con una escritura sencilla pero muy dinámica y visual. También se muestran otras realidades como la integración migratoria en la figura de Wang, el dueño de una tienda china de barrio que será uno de los aliados más fieles de Orencio; las relaciones amistosas profundas, como la que le ofrece Jaco, un tipo antisistema capaz de buscárselas muy bien fuera de los cauces legales del dinero y el empleo, o la de Pedro, un vecino aquejado de una extraña agorafobia que le impide salir de casa.

Este autor goza de un amplio reconocimiento internacional y, visto lo visto en su “Libro de familia”, este éxito sólo acaba de empezar.

Asesinos sin rostro

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Asesinos sin rostro

Cualquiera que haya leído a Henning Mankell será consciente de que hablamos de uno de los grandes nombres de la novela negra del finales del siglo XX y principios del siglo XXI. En sus escritos, se conjuga a la perfección la tradición heredada del género negro (los grandes, Chandler, Hammet o Thompson) y una redefinición propia de la novela enigma. A veces, ha exasperado a los críticos con sus sermones y reflexiones sobre la sociedad sueca y el papel que juega la policía en la resolución de crímenes, e, incluso, yo he podido leerle peroratas eternas sobre el camino que sigue la otrora poderosa socialdemocracia del país nórdico. Pese a ello, el detective Kurt Wallander es uno de los mejores policías creados a lo largo de toda la historia, un personaje con contradicciones internas, capaz de resolver los crímenes más inverosímiles pero con una vida personal desordenada, dado a la bebida en algunos puntos de su existencia e incluso con violentos accesos de ira. Pese a ello, su sagacidad está fuera de toda duda.

Hago este preámbulo porque estos días he podido leer Asesinos sin rostro, una de las primeras novelas, si no la primera, que Tusquets editó de Mankell en España. El argumento es el siguiente: una pareja de ancianos granjeros es ejecutada en su granja de Lenarp. El marido muere brutalmente torturado y la mujer, al cabo de unos días, dado que es sometida a la acción asfixiante de una cuerda que rodea su cuello con un nudo muy particular. La última palabra que sale de su boca antes de expirar es “extranjero”. Ello provocará un aumento de la tensión entre la policía y los grupos de extrema derecha, que culpan a los inmigrantes de lo sucedido. Wallander se tendrá que enfrentar a la resolución de este crimen con la presión que ejercen, además, los políticos, preocupados por que la calle no se les eche encima debido a las críticas xenófobas de unos pocos.

La trama está muy bien construida y se sustenta en dos potentes subtramas, la reflexión implícita sobre el racismo en una de las sociedades más avanzadas de Europa, y en la propia vida personal del policía, caótica, que ahora entra en una deriva alcohólica después de que su mujer lo abandone y su hija mantenga una relación distante con él.

Son decenas de miles los seguidores que Mankell tiene en España gracias a novelas tan potentes como Pisando los talones, La falsa pista o Cortafuegos. Esta entrega de las aventuras de Wallander no deja de ser otra apuesta más por una trama criminal bien pergeñada, con una resolución profesional, que no fría, de un escritor que sabe lo que se trae entre manos y conoce a la perfección cómo crear suspense jugando con la cadencia oportuna y efectista de una prosa más atenta a los hechos que a la belleza del lengua, aunque esta en ningún momento se desprecia.

Málaga, voces en la penumbra

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Yo, lo reconozco, no había leído a la sevillana afincada en Granada Clara Peñalver. Con una sólida trayectoria en Penguin Random House gracias a su trilogía de Ada Levy, vuelve con una trepidante novela negra, “Las voces de Carol”, ambientada en la capital de la Costa del Sol. La línea de partida argumental de esta ficción parece sencilla: una escritora de gran éxito que vive en Los Montes de Málaga, Abril Zonderván, es hallada muerta en su cama. La autora estaba diagnosticada de esquizofrenia, aunque llevaba años sin medicarse. Pertenecía al Movimiento de los Escuchadores de Voces, un colectivo que da un tratamiento más natural a este fenómeno, normalizando su vida y prescindiendo de las etiquetas. Todo parece indicar que se trata de un suicidio, pero la inspectora Carol Medina no lo tiene tan claro. A partir de ahí, como he dicho, con mimbres aparentemente poco complejos, la escritora teje una novela negra trepidante, en la que casi no hay respiros para el lector, con varias subtramas que acompañan a la principal y la mejoran, y que desemboca en final efectista y efectivo en el que todo acaba encajando como un juego de muñecas rusas. La ausencia de complejidad es sólo un espejismo.

Carol Medina, la protagonista, es una policía con talento y olfato, obsesiva casi en lo que respecta a su dedicación laboral. Cuando se halla con el cadáver de Zonderván, su vida personal y laboral está lastrada por acontecimientos del pasado y esos claroscuros de su personalidad nos acompañarán a lo largo de las cientos de páginas de la novela. La rueda de personajes variopintos, muy trabajados (el agente de la escritora, su psiquiatra, la agente literaria o los compañeros de Carol Medina) y bien caracterizados, cierran el círculo de un trabajo que tiene en la documentación, tanto en cuanto a los procedimientos forenses como en los análisis oculares y científicos de la escena del crimen, otro de sus fuertes. No en vano, en su presentación en Málaga, Clara Peñalver explicó que había trabajado tanto con los agentes del Grupo de Homicidios de la Policía Nacional como con forenses del Instituto de Medicina Legal (IML).

Cabe hacer mención especial a la capital de la Costa del Sol, una ciudad poco luminosa en los recuerdos de juventud de Peñalver, pero que ahora, tras someterse a una importantísima metamorfosis turística y cultural, vuelve acogedora y radiante para ser escenario de tramas criminales negras como esta que nos ocupa. La ciudad, en sí, es otro personaje más, un personaje que acompaña a Medina y los suyos a través de Los Montes, Pedregalejo, la Comisaría Provincial de la Policía Nacional o la Ciudad de la Justicia.

Definida por algunos autores como “La princesa de la novela negra”, Clara Peñalver confirma con este trabajo, a decir de los críticos, que es ya toda una realidad en la escena de la novela negra española. En su presentación en la capital, ya avanzó que no seguiría con la historia de Carol Medina en un futuro, pero constatando el éxito que está teniendo su propuesta, no sería raro que considerase su propuesta, aunque ya trabaja en nuevos retos.

Vuelve Murakami

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Hubo una vez en la que adoré a Haruki Murakami. Ahora esa llama arde menos, como he constatado con pena en los últimos meses. No me convencieron sus últimos libros, dejé algunos en el arcén de la autopista de las novelas inacabadas y me he preguntado demasiadas veces por qué no me llega tanto el maestro de la ficción japonesa. Pero en la vida siempre hay reconciliaciones tardías, adioses que luego se convierten en un hola y eso es precisamente lo que me ha ocurrido con La muerte del comendador (Tusquets), la nueva novela del genial artista nipón, la primera de dos, una fórmula que ya usó, en forma de trilogía, con la inolvidable 1Q84 (¿se acuerdan de aquel romance de Aomame y Tengo?). En esta ocasión, el mejor Murakami vuelve, la misma versión que parió Al sur de la frontera, al este del sol, Tokio Blues, Kafka en la orilla o Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. La historia es sencilla: un pintor de retratos comerciales muy cotizado es abandonado por su mujer. Él, tras digerir la decisión, emprende un viaje hacia ninguna parte, comunica a la empresa que hace de intermediaria con sus clientes que no va a trabajar más por encargo y huye, porque en todos los libros de Murakami siempre huye alguien. Un amigo suyo, hijo de un afamado pintor tradicional japonés, consciente de que no pasa una buena situación le ofrece vivir en la casa de su padre, que ahora sufre una progresiva demencia senil. Se trata de un viejo caserón en la montaña, donde el artista (Tomohiko Amada) hizo la mayor parte de su producción artística. Nuestro protagonista recibirá, una vez en la casa, la extraña proposición de retratar a un vecino, quien se ofrece a pagar mucho dinero por ese trabajo. Al mismo tiempo, descubre uno de los cuadros de Amada, una obra que no ha salido al mercado, se trata de La muerte del comendador, que refleja un duelo a muerte entre dos personajes tradicionales del antiguo Japón feudal. Para sobrevivir, da clases de pintura y mantiene sendas relaciones con dos mujeres casadas. Una noche, en medio de su deriva existencial y artística (¿acaso no son la misma cosa?), escucha una campanilla. Alguien la agita desde las profundidades del bosque. Ese extraño sonido le acompañará a partir de entonces cada madrugada, hasta que decida seguir la senda que lleva a la fuente que origina el soniquete. El planteamiento, como siempre, es sencillo, pero lo que en un principio parece una novela realista acaba convirtiéndose, tras un proceso de extrañamiento exhaustivo y detallado pero imparable, en una magnífica ficción fantástica, un realismo mágico nipón en el que a nadie extraña que las ideas tomen formas corpóreas y observen nuestras más íntimas actividades, como el sexo, sin emitir juicio alguno, que sean invitadas a cenar o que revoloteen a nuestro alrededor sin que sólo unos cuantos puedan verlas o hablar con ellas. Como digo, con esta novela vuelve el mejor Murakami, aunque aún nos quede por ver, por ejemplo, cómo resolverá la trama principal y las subtramas que la sostinenen.

Hay dos elementos muy destacables a comentar: en primer lugar, las novelas de Murakami están siempre revestidas de una pátina postmoderna de gran hondura, una capa que hunde sus raíces también en el sincretismo cultural, en ese límite o frontera en la que se unen Oriente y Occidente e, igual que el narrador habla con fruición de obras cumbre de la literatura norteamericana o de la música clásica (en esta ocasión, el Don Giovanni de Mozart), también tiene tiempo en esta última entrega narrativa para ahondar en las raíces culturales de Japón, en su cara religiosa (budista, sintoísta) y en su pintura tradicional, realidades desconocidas aquí. Es decir, une lo mejor de los dos mundos para servirlo en una ficción inolvidable (se le ha criticado que es un autor nacido en Japón, pero no japonés por sus continuas alusiones o referentes occidentales); también es muy destacable la calidad y el swing de su prosa, una marea de palabras y frases que absorbe poderosamente la atención de los lectores, algo muy complicado de lograr pero que él, camino de los setenta, ya ha convertido en un sello de calidad marca de la casa.

La novela es un canto a la soledad, porque solos están el protagonista y su vecino, quien le pedirá que lo retrato a cambio de una gran suma de dinero, así como también están solos aquellos con los que interactúan, se trata de personajes al borde del abismo personal o social que siguen tratando de relacionarse con otros antes de ser irremisiblemente arrastrados por el remolino de la cotidianidad; todos buscan ser y sentirse especiales, pero solo unos pocos lo consiguen. El naufragio personal del pintor protagonista no deja de ser también un extravío artístico, y la búsqueda del sendero le llevará toda la novela, siempre preguntas, siempre caminos sin final en los que no hay posibilidad de retorno. Está muy presente también la melomanía del escritor, se habla con soltura de música clásica o de jazz (no en vano, él fue propietario de un club de jazz antes de empezar a escribir Escucha la canción del viento, su primera novela).

Mi juicio no es licencioso, aunque creo que sí está preso de un amor perdido por sus obras, es el juicio de quien dijo adiós al gran Murakami hace mucho, del que valora por encima de sus novelas, sus cuentos (Hombres sin mujeres es un monumento literario colosal, al igual que Sauce ciego, mujer dormida o Después del terremoto). Ahora, la lectura de La muerte del comendador ha avivado algo ese fuego ya perdida en la noche de mi existencia, aunque aún deberá soplar mucho el viento para que la llama goce de toda la salud que tuvo un día.

Ana María Shua y el microrrelato

El microrrelato, la nanoficción, el minicuento… tantas son sus definiciones y la atención que le dedica la crítica literaria que se ha convertido en un nuevo género literario separado del relato corto, como explica Ana María Shua, la genial microrrelatista, en “Cómo escribir un microrrelato” (Alba Editorial, 2017), un sensacional compendio de experiencia, pericia literaria y empatía con los escritores primerizos que merece la pena ser leído con detenimiento, tanto por quienes empiezan como por quienes pretenden dar clases de escritura creativa.

No sólo es un magnífico ensayo sobre el género, que rastrea tanto a sus grandes precursores (incluido grandes como Kakfa o Rubén Darío con algunas piezas de Azul) como a quienes hasta 1960 sentaron las bases del posterior y espectacular desarrollo de la nanoficción (Borges, Cortázar, Guillermo Samperio, etcétera…); también propone un nutrido cuerpo de ejercicios prácticos para quienes empiezan, sazonadas con hondas reflexiones de una escritora que ha triunfado también escribiendo novelas. Hace un repaso por el género en Latinoamérica, más dado al regate corto, la finca humorística o irónica y su teoría del golpe de efecto o del “clic” que se produce en los lectores cuando, pasados unos segundos y saboreado el microrrelato, todo se comprende, nos sorprende o nos asombra. También hay un detallado análisis del microrrelato español, su historia y su eclosión, así como un intento serio de definir de qué estamos hablando: un microrrelato, viene a decir Shua, limita con los aforismos, la prosa poética, los relatos cortos y las reflexiones, sentencias, gracietas y refranes más o menos acertados. Pero, eso sí, un microcuento ha de tener narratividad o, trayendo el ascua a mi sardina, conflicto.

Me ha encantado este libro, que además me ha descubierto a Shua, una gran microrrelatista, tan irónica como profunda, que sabe exponer magníficamente en un ensayo literario imprescindible todo el corpus teórico y su desarrollo práctico de un campo que, sin duda, domina a la perfección.

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