Asesinos sin rostro

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Asesinos sin rostro

Cualquiera que haya leído a Henning Mankell será consciente de que hablamos de uno de los grandes nombres de la novela negra del finales del siglo XX y principios del siglo XXI. En sus escritos, se conjuga a la perfección la tradición heredada del género negro (los grandes, Chandler, Hammet o Thompson) y una redefinición propia de la novela enigma. A veces, ha exasperado a los críticos con sus sermones y reflexiones sobre la sociedad sueca y el papel que juega la policía en la resolución de crímenes, e, incluso, yo he podido leerle peroratas eternas sobre el camino que sigue la otrora poderosa socialdemocracia del país nórdico. Pese a ello, el detective Kurt Wallander es uno de los mejores policías creados a lo largo de toda la historia, un personaje con contradicciones internas, capaz de resolver los crímenes más inverosímiles pero con una vida personal desordenada, dado a la bebida en algunos puntos de su existencia e incluso con violentos accesos de ira. Pese a ello, su sagacidad está fuera de toda duda.

Hago este preámbulo porque estos días he podido leer Asesinos sin rostro, una de las primeras novelas, si no la primera, que Tusquets editó de Mankell en España. El argumento es el siguiente: una pareja de ancianos granjeros es ejecutada en su granja de Lenarp. El marido muere brutalmente torturado y la mujer, al cabo de unos días, dado que es sometida a la acción asfixiante de una cuerda que rodea su cuello con un nudo muy particular. La última palabra que sale de su boca antes de expirar es “extranjero”. Ello provocará un aumento de la tensión entre la policía y los grupos de extrema derecha, que culpan a los inmigrantes de lo sucedido. Wallander se tendrá que enfrentar a la resolución de este crimen con la presión que ejercen, además, los políticos, preocupados por que la calle no se les eche encima debido a las críticas xenófobas de unos pocos.

La trama está muy bien construida y se sustenta en dos potentes subtramas, la reflexión implícita sobre el racismo en una de las sociedades más avanzadas de Europa, y en la propia vida personal del policía, caótica, que ahora entra en una deriva alcohólica después de que su mujer lo abandone y su hija mantenga una relación distante con él.

Son decenas de miles los seguidores que Mankell tiene en España gracias a novelas tan potentes como Pisando los talones, La falsa pista o Cortafuegos. Esta entrega de las aventuras de Wallander no deja de ser otra apuesta más por una trama criminal bien pergeñada, con una resolución profesional, que no fría, de un escritor que sabe lo que se trae entre manos y conoce a la perfección cómo crear suspense jugando con la cadencia oportuna y efectista de una prosa más atenta a los hechos que a la belleza del lengua, aunque esta en ningún momento se desprecia.

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