Muro de las lamentaciones

Imagínese que una lluviosa tarde de domingo usted se acerca a su mueble bar y escoge el mejor brandy imaginable, ese que guarda para las ocasiones en las que quiere reconciliarse coMUROn la vida. Ahora imagine que se sienta a degustarlo tranquilamente, viendo caer la tormenta, comparando el caótico mundo que se agita tras la ventana con el confortable reducto en el que sabe que todo tiene sentido, ese refugio contra otros y por uno mismo, el lugar donde podemos ser, si es que alguna vez dejamos de significar. Esa es la sensación que he tenido yo leyendo Muro de las lamentaciones (Baile del Sol, colección Sitio de Fuego), la última propuesta narrativa del escritor, profesor y crítico murciano Rubén Castillo Gallego, una colección de relatos cortos a la altura de un gran talento cervantino, una recopilación escrita de principio a fin respetando los cánones del género de Poe, Cortázar o Borges; un libro que puede hacer que uno entre en frenesí lector sin que le importe lo que ocurre alrededor, una obra que seduce al instante con un lenguaje certero en el regate corto, dado a la contención expresiva pero sin eludir la filigrana cuando es necesaria en la historia; pequeños trozos de vida en los que late la existencia cotidiana, en los que un lector avezado puede palpar también las profundidades del alma humana, los grandes temas que siempre han preocupado al hombre. Ahora que el cuento español anda metido en una redefinición estética y narrativa sin precedentes, Rubén Castillo Gallego propone una obra anclada firmemente en los postulados de siempre, aquellos que han seducido a millones de lectores en todo el mundo, siendo el primero y más importante de estos el contar historias de una forma eficaz con el objetivo de conmover, sorprender, enfadar o remover al lector. En estas historias hay hueco para el lenguaje cinco estrellas gran lujo, empleando una terminología hotelera: «En los balcones y ventanas del edificio de enfrente se ven muchas camisas balanceadas por el aire, como fantasmas pobres castigados a la intemperie». Este párrafo forma parte del cuento Blas, una enorme construcción memorística levantada desde los remordimientos del presente y la revisión de un pasado inquietante, incómodo. «Me acuerdo con escalofrío de mis risas infantiles», piensa el protagonista. Un libro capaz de conmover con el primer relato, Alucinaciones, en el que el autor reflexiona sobre la fantasía infantil y la enfermedad mental; hay ejercicios metaliterarios de gran altura (¡sí, se puede innovar sin desfigurar los códigos del cuento!) como el que vemos en Dos cuentos para que usted los escriba; un sorprendente e imaginativo divertimento cervantino en El último caballero andante; una evocación magnífica del exilio interior en Guillermina, reflexiones al estilo de Ítalo Calvino con el magnífico relato Si me mirase; un apasionante drama rural construido a base del rencor de generaciones en Estirpes o el monumental La soledad del pájaro dodo. No se lo pierdan.

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